Hoy empiezo con fuerza, con una afirmación que quizá moleste, pero ciertamente se está convirtiendo en una realidad en nuestros días: Creo que, en los tiempos que vivimos, el cristiano promedio está tan entusiasmado con la apologética porque su relación con Dios es tan pobre que necesita llenarse con algo que le indique que realmente el Dios que profesa creer existe.

Y no quiero generalizar, estoy absolutamente convencido de que muchas de las personas que buscan respuestas de la llamada apologética realmente buscan herramientas para poder ganar almas para Cristo en áreas concretas de la sociedad donde el intelecto o la razón prevalece por encima de cualquier otra cosa.
Y al mismo tiempo quiero aclarar que disfruto todos estos debates y preguntas y respuestas que se dan lugar en este círculo de apologetas. Soy un gran fan de Ravi Zacharias y no tengo en nada en contra de personas como Él que han enfocado su ministerio a este área concreta de la sociedad, al igual otros lo hacen con otros campos.

Pero, la pregunta es: ¿Es la apologética necesaria? o por lo menos la apologética con este matiz moderno ¿Es buena? Sin duda tiene su utilidad y en cierto modo ¿No se nos pide en las Escrituras que estemos preparados para presentar defensa de la razón de nuestra esperanza? Pero, ¿Qué significa esto? ¿Hasta donde hemos llevado este versículo?

La vida en Jesús nos defiende

Pues lo hemos llevado a la imperiosa necesidad de ofrecer una respuesta que convenza ante cualquier ataque que se haga contra cualquier tema tocante al nuestra creencia, sin usar nada relacionado con nuestra creencia. Me explico; se defiende la veracidad de las escrituras aludiendo a las miles de copias y escritos que ella tiene, a sus conexiones con textos históricos, etc. Se defiende la veracidad de la muerte de Jesús y su resurrección por citaciones de historiadores e imposibilidades médicas, se defiende el diluvio por descubrimientos arqueológicos, etc.
Y todo esto es bueno, todo esto alegra al creyente porque realmente Dios usa estas cosas para fortalecernos. Pero estas cosas no son suficientes, no pueden serlo, no deben serlo.

¿Dónde queda defender nuestra esperanza con nuestro testimonio? ¿Qué valor tienen nuestras vivencias y nuestra transformación para defender lo que creemos? ¿Hasta que punto hemos relegado todo esto a la subjetividad? ¿Acaso no es la obra que Jesús ha hecho en nuestras vidas la prueba irrefutable para los que nos rodean? Y esta pregunta duele, porque nos hace pensar en lo que Dios ha hecho en nosotros, en cómo nos ha cambiado, o, mejor dicho, en lo poco que nos ha cambiado (evidentemente no por culpa suya) para que tengamos que recurrir a textos históricos o a hallazgos arqueológicos para poder decir: ¿Ves, Dios existe? ¿No es Dios real en nuestras vidas? ¿Es imposible para nosotros demostrarlo? ¿Dónde ha quedado nuestra capacidad de reflejar a Dios?

Y este es primer punto, el primer punto que trato de explicar es que la herramienta principal con la que debemos defender nuestra fe no es con argumentos teleológicos o reducciones al absurdo, sino que la primera herramienta es la intensidad y la profundidad de nuestra relación con Dios mismo a través de Jesucristo por medio del Espíritu Santo. Es conectar con Él mediante la oración, es conocer su Palabra, entenderla y estudiarla, es servirle en cada ámbito de nuestra vida. Conforme mayor y más profunda sea nuestra relación con Dios más preparados estaremos para defender lo que creemos, porque nuestras palabras serán Sus Palabras, y contra su Palabra no hay argumentación posible. Ser como Jesús, vivir como Jesús vivió es el argumento incontestable ante cualquiera que demande razón de nuestra esperanza.

Un contexto distinto

Porque, sinceramente, si el irrebatible defensor de la apologética extrabíblica utiliza 1 Pedro 3.15 para establecer un mandato de estudiar la apologética tal como se la conoce hoy, creo que es de recibo responder que podemos dudar bastante que Pedro se esté refiriendo a todas estas pruebas científicas cuando habla de defender nuestra esperanza.

Si vemos el contexto de 1 Pedro 3.15, podemos observar como todo apunta a una defensa que mucho tiene que ver con nuestra actitud más que con nuestro conocimiento acerca de pruebas.

Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables; no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición.
10 Porque:
    El que quiere amar la vida
    Y ver días buenos,
    Refrene su lengua de mal,
    Y sus labios no hablen engaño;
11 Apártese del mal, y haga el bien;
Busque la paz, y sígala.
12 Porque los ojos del Señor están sobre los justos, Y sus oídos atentos a sus oraciones; Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.
13 ¿Y quién es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros seguís el bien?
14 Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis,
15 sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;
16 teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo.

Es muy interesante ver cómo las conexiones en el pasaje se hace solas prácticamente: Pedro habla de la práctica del bien. La práctica del bien, las obras, son las evidencias de que caminamos con Cristo, como dice en el 16, esto es nuestra buena conducta en Cristo.
El versículo 16 tiene la clave, una palabra que enlaza el versículo anterior con el siguiente: teniendo. Leyendo desde el 15: “…Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros…” [¿Cómo lo hago?, podríamos preguntar] “teniendo buena conciencia.”

Es nuestra vida en Jesús lo que avergonzará al que diga mal acerca de nosotros. Y si realmente comparamos todas las pruebas físicas y lógicas que el ser humano a podido rescatar a lo largo de la historia en defensa de Dios se quedan en nada ante lo que Jesús puede hacer en el corazón de una persona arrepentida.

Un bien muy preciado

Pero no estamos tratando de difamar la apologética humana aquí. No queremos eliminarla de nuestra vida cristiana. Lo que tratamos de hacer es una diferencia clara entre algo que es bueno y algo que es obligatorio.

Los instrumentos musicales, las canciones maravillosas y los efectos de sonido, las luces y el espectáculo en la alabanza de un culto dominical es algo bueno y enriquece en muchos aspectos a la vida de la iglesia (bien usado) pero no es obligatorio. Tener personas trabajando en áreas como los estudiantes en las universidad o institutos es algo buenísimo, pero no obligatorio. Realizar reuniones de mujeres, o partidos de fútbol entre iglesias o veladas de juegos con jóvenes son cosas muy buenas, pero no obligatorias.
Conocer los tipos de argumentos teistas, los textos apócrifos citando a Jesús o la historia de los pueblos contemporáneos a la iglesia primitiva para demostrar los viajes misioneros de Pablo es algo muy muy bueno. ¡Pero no obligatorio!

Debemos entender la diferencia entre un bien muy preciado y algo esencial para nuestras vidas. Nuestra fe es esencial, la apologética moderna es muy buena.

En definitiva:
  • No convirtamos las evidencias que rodean al Cristianismo en nuestra fe. La fe es insustituible y necesaria para la vida del creyente. Vivimos, somos y nos movemos en Él por medio de la fe, no por medio de la apologética.
  • Defendamos nuestra esperanza con nuestra vida. Que el amor de Dios, rebozando en nosotros sea la primera prueba irrefutable de que nuestro Dios es real.
  • No dejemos de prepararnos, no sólamente estudiando toda la apologética que rodea nuestras creencias, sino más importante aún; creciendo, más y más en el conocimiento y en el amor de nuestro Señor Jesucristo.