¿Cómo amo a mi enemigo? ¿Cómo bendigo al que me maldice sin engañarme a mi mismo? ¿Como ser honesto con esta realidad?

Llevaba tiempo queriendo definir y concretar en mi cabeza la idea, la causa o el móvil que lleva a una persona a amar a su enemigo. Dios nos dice que amemos a nuestros enemigos:

44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; 45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos. Mateo 5.44-45

Estaba buscando las razones (de una manera práctica) que me llevasen a amar a una persona aunque sea mi enemigo, aún por mucho mal que haya hecho. (a mi o a quien sea). Voy a intentar plantear el proceso mental que he seguido siempre que me he encontrado en esta tesitura, para intentar explicar la conclusión a la que he llegado.

  1. Cuando alguien me hace daño, mucho daño, o hace daño a un familiar o amigo o la sociedad o es considerado por mi como una persona malvada lo primero que hago es tenerle rabia, rencor, odio. Es lógico. Es humano. Ha hecho algo malo y por eso me cae mal y se convierte en “mi enemigo”.
  2. Justo después, cuando me relajo, lo que hago es pensar que Dios ama a esa persona y que como Dios ama a esa persona yo debo amar a esa persona y debo amarla con el amor de Dios, es lo que Jesús nos dice en Mateo 5 y lo que demostró a lo largo de toda su vida en la tierra.
  3. Automáticamente me doy cuenta de que con lo que yo sé de esa persona, (a veces más a veces menos) no puedo alcanzar a amarla genuinamente, pues lo que ha hecho, o lo que es, me lo impide. Así que lo que hago es compadecer a esa persona, es decir, busco razones por las cuales esa persona merezca ser amada; Sus padres le maltrataron cuando era pequeño, se crió en un ambiente complicado, no sabe lo que está haciendo, no conoce a Dios y por eso hace lo que hace, etc. No quiero justificarla, quiero conmover mi corazón para que se compadezca de esa persona.
  4. Tras generar esa lástima en mi, me parece que soy capaz de amar a esa persona, la veo en una situación tan deplorable que me muevo en misericordia y “no me queda más remedio” que amarla, aún a pesar de como es.

A pesar de como somos. Es una frase bastante recurrente en nuestro vocabulario cristiano; Dios nos ama a pesar de como somos. Y realmente es una frase correcta, a pesar de nuestros pecados Dios decidió Salvarnos (Efesios 2.4,5) Y es cierto, bíblicamente es totalmente acertado. Pero me gustaría darle una perspectiva distinta, porque cada vez que intento imitar a Jesús en este sentido me encuentro con el mismo problema y quizá la clave no es que tengamos que amar a las personas a pesar de como son, sin importar lo que hagan, sin condiciones, sino que precisamente lo que hay que hacer es amar a las personas con un amor condicional.

En su momento estaba hablando con una persona sobre este tema, sobre como encontrar la clave para poder amar a las personas de verdad y tras estar hablando un tiempo nos planteamos ¿Por qué lo hace Dios?¿A caso Dios ama porque se compadece de las personas?¿A caso los ama porque les da lástima? En respuesta recibí: Supongo que Dios nos ama porque Él es así.

La respuesta es sencilla, pero profundamente reveladora. Dios es así, Dios nos ama a nosotros, no por nuestros deméritos (y mucho menos por nuestros méritos), no porque estemos en un lugar tan desfavorable que la lástima le haga reaccionar con amor. No. La razón por la que Dios nos ama es porque Dios es amor, porque su naturaleza es el amor, su definición es el amor, son una sola cosa, Dios es así. Si nosotros fuésemos perfectos Dios nos amaría, si nosotros fuésemos pecadores (que lo somos) Dios nos amaría (y nos ama) no porque no le importe cómo seamos nosotros, sino porque él es así. No nos ama sin condición, la condición es Él mismo.

Inevitablemente este razonamiento me concede la respuesta a la pregunta que nos planteamos al inicio: Si para amar necesito el amor que Dios tiene y que Dios es, sólo puedo amar cuando Dios vive en mi. Podré hacer esfuerzos y ejercicios para emular el amor de Dios y que parezca que amo a las personas, pero si Dios no vive en mi no podré amar a los demás como Dios los ama. Necesito a Dios en mi vida, necesito que fluya por mi espíritu de manera libre, salvaje y natural. (para eso fuimos creados)

Para acabar, esta forma de pensar hace aflorar más aún la idea de que Jesús no vino a poner más leyes en nuestra vida, no nos ordena a poner la otra mejilla, ni a bendecir a quien nos maldice y tampoco regalarle la túnica a quien nos pida la capa. Simplemente cuando Dios vive en nosotros no vamos a querer hacer otra cosa y ese tipo de reacciones nos parecerán las más lógicas, las espontáneas, las evidentes. No son normas, son síntomas de Él mismo en nosotros.