Llevaba un tiempo queriendo ejemplificar cuál ha sido el proceso y los cambios que la relación de Dios con el ser humano a dado a lo largo de las etapas Bíblicas descritas en la Biblia: Creación-Caída-Redención-Salvación-Eternidad. Todo esto me ha venido a la mente por pensar en una sencilla y a la vez muy complicada pregunta: ¿El estado en el que se encontraba el ser humano antes de la caída era el estado que Dios quería para el ser humano? Yo últimamente estoy pensando que no y aunque eso es otro tema, me gustaría compartir una metáfora (seguramente no inventada por mi) de cómo podría ser los pasos de la relación de las personas con Dios a lo largo de toda la historia.

Es como un rey. Un rey que tenía todas las riquezas, todo el poder y todo lo que cualquier ser humano pudiera imaginar, tenía muchas ciudades, muchos castillos y propiedades, su reino llegaba hasta donde llegaba la vista, sus tierras eran frondosas y se cubrían de animales. Era un buen rey, compasivo, atento con su pueblo, misericordioso, generoso. Compartía sus bienes, alimentaba a los pobres, defendía a sus súbditos en las guerras y organizaba grandes banquetes a los que acudía todo el pueblo. Su reinado era justo y puro, recto y digno. Su soberanía era total y su implicación máxima. Amaba a su pueblo, a todos los que estaban en su pueblo, desde el más pequeño hasta el mayor.

Había una mujer, una campesina, que vivía con su padre y que trabajaba en los campos cercanos a las murallas del castillo del rey, un trabajo muy esforzado. Una mujer normal, con un trabajo normal. Admiraba y amaba a su rey pero nunca había tratado con él. Nunca se había atrevido a dirigirle la palabra a pesar de que conocía la bondad de su rey y lo cercano y atento que era con todo el que le pedía ayuda. Ella sabía que él era su rey y el respeto que tenía hacia su rey era todo el respeto que podía tener hacia una persona, y obedecería a su rey en cualquier cosa que le mandara. Sabía que su rey estaba por encima de ella, en otro estatus. Inalcanzable.

A veces el rey la veía pasar cerca, cuando él paseaba por sus murallas, recogiendo la cosecha de sus terrenos, y cargando agua para regar los frondosos árboles frutales.Y fue así como sucedió lo inexplicable: Aquel rey, con todo su poder, con todas sus riquezas, con todas las posibilidades, se enamoró de aquella campesina. Y su amor era tan profundo, tan poderoso y tan pleno que en una de las ocasiones que ella estaba arando la tierra el rey se le acercó y le dijo: “Mi poder, mi riqueza y mi posición no representan ningún impedimento para entregarte todo mi amor, porque te amo con todo lo que soy y todo lo que soy te lo quiero dar”. La mujer entonces, ante tan maravilloso ofrecimiento, se enamoró de su rey; seguía siendo su rey, seguía respetando a su rey pero la relación que tenían cambió, pues su rey era ahora también su novio y compartía cosas con él que antes eran imposibles; tenía conversaciones que antes no existían, comían juntos y paseaban por los jardines, ella comenzó a trabajar en los jardines de su rey, pero ya el esfuerzo físico no importaba, incluso se esforzaba mucho más para que a su rey, a su amado, le agradase lo que ella hacía. Poco a poco, la bondad, la misericordia, la mansedumbre, la templanza y la justicia del rey fueron impregnando la vida de la campesina hasta que llegó el punto en el que se casaron.

Y llegó el día de la boda del rey, todo el pueblo acudió a la celebración, puesto que todos estaban invitados. Y allí, en medio de los gritos de júbilo y de las canciones el rey se casó con la campesina y la campesina amó al rey con toda su alma, con todo su corazón, con toda su mente y con todas sus fuerzas y el rey amó a la campesina con todo lo que él era y entonces ya no solo compartían las conversaciones, la comida o los paseos sino que ahora todo estaba en común y el rey conocía a la campesina y esta conocía a su rey y la campesina era del rey y el rey era de la campesina. Todo lo que tenían, todo lo que eran, era de los dos y su unión era completa. Él seguía siendo su rey, pero ahora también era su esposo y el amor invadió cada punto de la relación y entonces el respeto era acompañado de amor y la reverencia iba acompañada de amor y la obediencia iba acompañada de amor y el amor reinaba entre los dos de tal manera que no costaba dialogar ni tomar decisiones ni ceder. Ella le dio su obediencia, su respeto y todo su amor. Él se dio a si mismo, todo lo que tenía, todo su amor. El principal objeto de su amor fue ella para siempre y su entrega fue absoluta. Y entonces el rey y la campesina vivieron en completa unión, en perfecta armonía. Eternamente.